EL LAGARTODUENDE
Eran las tres y media de la mañana cuando me dirigía hacia mi casa después de que esa cosa, finalmente se apareciera frente a mí luego de haberme acechado gran parte de la madrugada, dejándomelo a sabiendas, con sus anteriores apariciones de maneras muy oscuras y perturbadoras.
Todo comenzó, cuando, luego
de haber decidido marcharme de la reunión en la que departía con unos cuantos
amigos y compañeros de trabajo, en la que había estado gran parte de la
noche.
Aunque estábamos reunidos
entre pocas personas y la mayoría eran, supuestamente. de fiar, no imaginaba
que la primera vez que probaría sustancias psicoactivas, sería en una reunión,
al parecer, muy íntima. Supongo que esa fue la principal razón para irme de
aquel lugar.
Al cabo de un buen tiempo,
me encontraba demasiado indispuesta, por lo que decidí marcharme, para algunos,
muy temprano, aunque fueran la una y diez de la madrugada. Varios de mis
compañeros de trabajo, se ofrecieron para acompañarme, toda clase de solicitudes
fueron rechazadas tajantemente, con tal de evitar lo más posible los
romanticismos inesperados, además mi casa estaba relativamente cerca, así que,
ese fue el pretexto perfecto para no tener que dar más explicaciones.
- -Solo tengo que agarrar una ruta recta hacia el subterráneo,
no te preocupes.
Esa era la frase perfecta
con la cual refutaba todo intento desesperado de cualquiera que intentaba
brindarme sus servicios de compañía.
Resolví en irme, sin saber
que mi madrugada del terror estaría a unos segundos de comenzar.
Bajando las escaleras,
saliendo del área del segundo piso, sentí un leve mareo, aludí esto a la
combinación de sustancias toxicas que
circulaban en mi sangre, en ese momento, mi mente dio tantas vueltas que pensé
que alucinaba cuando vi una extraña y deforme sombra con aspecto humanoide que se proyectaba ante la luz de un poste en
un muro demacrado al frente del edificio
que estaba abandonando, tomé todo a la
ligera y deduje que eran alucinaciones, efectos de las pastillas “felices” que
había ingerido unas cuantas horas antes, por lo tanto, le di poca importancia a aquella
desfigurada sombra y seguí descendiendo hasta la calle principal.
Cuando me encontraba en
tierra firme, tomé la ruta principal, aunque esta se tornara más larga, ya que
palidecía al pensar en tomar atajos a tan altas horas de la madrugada, me
sentía más que indispuesta para poder realizar tal hazaña, ya que, si comúnmente
se tiene una imagen débil sobre la mujer, no me imagino cuan presa fácil
hubiese sido para toda especie de canallas estando ebria, drogada y sola.
Caminé durante unos veinte
minutos hacia la estación del metro más cercana, debo admitir que sentía como
una sensación de hormigueo invadía todo mi cuerpo con cada paso que daba, así
fuese el más corto de ellos.
Transcurrido un tiempo, interrumpí
mi viaje para entrar a un autoservicio que se encontraba de camino, al
principio tuve la sensación de que aquel lugar era completamente nuevo, ya que
nunca lo había visto por esos lados. Su aspecto era un poco demacrado, tenía
lagunas paredes cubiertas de moho y había un ligero olor putrefacto en el aire,
a pesar de mis observaciones, las ignoré casi de inmediato, ya que atribuía
gran parte a la idea de seguir alucinando.
Ya dentro del lugar,
observé de primeras, a un viejo de espaldas acomodando unos frascos de golosinas
y galletas en la parte superior de una de las estanterías detrás de la caja, di
un corto saludo entre muelas y seguí caminando hacia el interior de los fríos y
casi iluminados pasillos de aquel lugar, aquel viejo ni volteó para verme. No
tenía idea de que cosas iba a comprar, ya que dos días anteriores a la fiesta,
había ido al supermercado para comprar un gran mercado, que, según yo, me
alcanzaría para abastecerme por unos veinte días, por lo que mi entrada a ese
misterioso lugar, había sido por mera curiosidad por encima de cualquier
intención dirigida a suplir mis necesidades.
Llegué al pasillo donde
reposaba toda clase de pasabocas y comida procesada, desde pequeños paquetes de
bizcochos, gaseosas, jugos artificiales, comidas de paquete, papas fritas,
dulces de todas las variedades y sabores, para toda clase de gustos, y algunas más
que escapan de mi memoria en estos momentos. Perdí la noción del tiempo en
aquel lugar, al parecer estuve más de veinticinco minutos observando de pies a
cabeza aquel pasillo, sin dejar ninguna estantería sin que clavara mi mirada por
más de tres minutos, de inmediato, como si de un impulso se tratara, corrí
hasta donde había divisado los tarros de chocolate negro, y sin pensarlo dos
veces tomé dos grandes frascos, corrí hasta la caja para pagar aquel amargo
manjar, pero algo me dejó atónita, sin palabras. resulta que, cuando levanté la
mirada hacía el dependiente, aquel viejo, estaba observándome fijamente, con un
semi sonrisa en su rostro, un poco suspicaz, mientras que yo, sentía como las
pulsaciones aumentaban su ritmo a medida que me acercaba a aquel malhechor, al
cabo de unos segundos después me encontraba frente a aquel misterioso e
intimidante hombre. Sin mediar ni una palabra, posé los dos tarros azucarados sobre la mesa, y bajé unos segundos
la mirada para buscar la paga, cogí algunos billetes y volví mi atención hacia
arriba, tan pronto como devolví la ojeada, sentí como me quedaba sin pulso, pues
detrás de aquel extraño sujeto, posaba la misma sombra desfigurada y horrorosa
que había visto no hace más de hora y cuarto cuando estaba bajando las escaleras,
sentía como mis extremidades se helaban en pocos segundos, como mi cuerpo se estaba cargando de adrenalina para salir
corriendo, pero no lo hice, respiré profundo unas cuantas veces, el tipo me
informó que estaba demasiado pálida, como si hubiese visto una escena de
ultratumba, pero, sin dejar atrás aquella sonrisa burlona y su mirada
maliciosa, también me preguntó si me encontraba bien, a lo que asentí con la
cabeza, mientras que en mi cerebro, no dejaba de dar vueltas a la idea de que
me encontraba en una especie de pesadilla de la que me era imposible despertar.
Al terminar de pagar, ya estaba
en la puerta tan rápido como si hubiese usado magia o una técnica de escape,
caminé lo más rápido posible sin intentar girar en lo más mínimo para divisar
aquel auto paraje que parecía la casa del terror de cualquier parque temático
de segunda.
Anduve en línea recta unos
cuantos minutos más, para luego voltear en una esquina, intentando tomar la
ruta para llegar a la estación lo más rápido posible, no puedo negar que cada vez
sentía como la paranoia se apoderaba de mi mente y cuerpo, aun no podía
asimilar lo que había ocurrido unos instantes atrás, ni el porqué de la
aparición de esa sombra en mis malos momentos, tenía la sensación de que un par
de ojos brillantes y malévolos iban a tras de mis espaldas, observando cada
maldito paso que daba, acechando, como cuando la leona está cazando su presa, por lo que a mi mínimo
error o descuido, iría a devorar mis frías carnes acalambradas.
Al fin, dije para mis
adentros, mientras iba descendiendo las escaleras que conducían hacia mi ruta
de escape, mi cuerpo temblaba tanto, que apenas podía dar pequeños pasos, no
podía acelerar el paso, pensaba que resbalaría si lo hacía, que saldría rodando
peldaño por peldaño hasta llegar al fondo del pasillo descendente, así que bajé
lo más calmadamente posible.
Ya estando abajo, saqué mi
tarjeta de viaje, la puse sobre el lector digital, pero no tenía saldo, algo
que me sorprendió mucho, ya que recordaba haberla recargado en la mañana cuando
me dirigiría al trabajo, no me molestaba que no tuviera dinero en la tarjeta,
ya que poseía en mi cartera unos cuantos billetes más, pero lo que no había
disponible, era el servicio de recarga, ya que, como de costumbre en las
madrugadas, el lugar estaba desolado. Sin saber qué hacer, estuve unos
instantes divisando el panorama, a lo que recordé, que recién se habían
instalado unas enormes cajas de pantalla y botones para realizar auto recargas,
me dirigí hasta el lugar donde había una de esas máquinas suspendidas en la
pared, saqué mi tarjeta y un billete, coloqué la tarjeta e introduje el billete
en el orificio de la máquina casi al mismo tiempo, espere paciente un par de segundos para que se
completara el proceso, pero de imprevisto, la estúpida maquina rechazó el papel
y escupió la tarjeta de una manera violenta, tomé la tarjeta y la jalé hacia
atrás, pero vaya sorpresa la mía cuando sentí un calor en mis dedos, -no puedo
creerlo, murmuré, la maldita máquina había quemado la tarjeta y arrugado mi
billete, sentí una furia repentina e incontrolable, por lo que respondí de
manera violenta, dándole unas cuantas patadas al inerte artefacto.
Estaba dispuesta a
marcharme, cuando, de la nada un chico lánguido de piel morena, apareció
bajando las escaleras apresuradamente, se sorprendió un poco al verme al
percatarse de mi comportamiento frente a la caja metálica, esto le hizo un poco
de gracia, por lo que no dudó preguntar a que se debía tal locura, no reparé en
cortesías y en un tono muy molesto, le comenté lo ocurrido, él seguía
sonriendo, al cabo de unos instantes me ofreció su ayuda, sin pensarlo dos veces,
acepté, ya que no estaba dispuesta a caminar unos cuatro kilómetros camino a
casa, no luego de las cosas espantosas que hasta ahora me habían ocurrido, sin restarle
valor a lo cansada que me sentía.
El joven, pasó la tarjeta en
el lector para que yo pasara primero, repitió la acción para con él mismo, ya
del otro lado, saqué un billete de mi cartera y se lo entregué, sin aceptar cambios, le agradecí por su ayuda
y corrí hacia el lugar en donde aparcaba el metro que me llevaría a casa, de
ahí no supe más de aquel flacucho muchacho que me había prestado un pequeño
servicio, del cual yo hacía pompones y fiestas a causa de que evitaría, según yo, que me arrollase un autobús
si caminaba hasta la casa por mi mal estado.
Al cabo de dos minutos,
llegó el vagón que me dejaría a un par de cuadras de mi tan ansiado hogar, esto
me subió el ánimo, así que me apresuré para abordarle. Como era de esperar,
imaginé que el vagón estaría solo, de no ser por la presencia de una anciana
que parecía dormir sobre una silla que estaba casi al fondo del alargado lugar;
en un principio, no reparé en observaciones del porqué una señora de avanzada
edad estaría a tan altas horas de la madrugada en un vagón del subterráneo sin
ninguna compañía, no le di mucha importancia así que me senté y puse los
frascos de chocolate a un lado del asiento, pero si soltar mi bolso.
Estaba tan cansada, que entre
cerré los ojos, como queriendo imitar la actitud de la viejecita, pero me
percaté de que podría quedarme dormida allí hasta las diez de la mañana, así
que programe una alarma en mi celular, que me despertara tan pronto como
faltasen unos pocos minutos para llegar a mi destino. Así lo hice, estuve
descansando unos minutos, de no ser porque fui bruscamente interrumpida por una
carcajada diabólica, que hizo estremecer mis entrañas, me exalté al instante,
estaba demasiado asustada, por lo que dudé en abrir los ojos, pero, de una
manera muy lenta; abrí muy despacio los
párpados, como si quisiera que estuviesen sellados con pegamento y que, debido
a eso, me era imposible levantar la mirada, encendí la pantalla de mi celular,
pude notar que estaba a unos cuatro minutos más de marcha para arrimar a la
siguiente estación, la cual era mi destino. La risa no cesaba y el perturbador
sonido cada vez se hacía más fuerte, no quería saber quién o qué la emitía,
pero la curiosidad me invadió, y me levanté de un respingo de la silla,
intentado localizar el autor o la autora de tan horrible e infernal sonido. Fue
más grande mi exaltación cuando fijé mi perturbada mirada a aquella señora que
estaba aún sentada en el fondo del vagón, con la cabeza inclinada levemente
hacia abajo, mis manos comenzaron a temblar, quería correr, pero no podía,
además a dónde podría hacerlo, si me encontraba en un metro, esas afirmaciones
encendieron más mi temor, intente gritar, pero tampoco pude hacerlo, me
encontraba en una especie de bloqueo físico, mientras que aquella bruja,
levantaba su decrépito cuerpo, abandonando la silla, para luego tratar de dirigirse hacia
mí, por mi parte, no le perdía la vista en ningún momento, tal vez era lo único
firme y funcional que había en mí en ese preciso instante, ella no dejaba de mofarse, mientras caminando lentamente,
pero con paso muy firme, avanzaba hacia
mí. Noté que detrás suyo se levantaba la sombra maldita que me había estado
siguiendo toda la noche. En un punto determinado, su cuerpo se hacía más grande
y se desdibujaba a cada paso que daba, su sombra ya casi cubría todo el fondo
del vagón, mientras su piel se teñía de un verde oscuro.
Para mi momentánea salvación, la gigantesca máquina
detuvo sus motores y abrió sus puertas, dejando al descubierto sus metálicas
fauces, no dudé un segundo en huir de aquella escena sombría.
Corrí lo más que pude para
salir de la estación, esperanzada en llegar a mi casa y equiparme para
enfrentar a lo que fuese que me estuviera atormentando, creía con una confianza
absurda, que aquella edificación sería mi refugio contra un mal del cual poco conocía,
no sabía que deseaba de mí, ni porqué lo hacía, pero tampoco tenía el valor para
invocar a ese aparente demonio y consultarle las respuestas.
Ya fuera, caminaba a pasos
enormes, tratando de recortar lo más pronto posible las distancias hacia mi
casa. Había recorrido cuadra y media, cuando una vez más la risa infernal
acompasaba mis pasos, esta vez sentía que no tenía el corazón puesto en mi
pecho, sentía el frío sudor resbalarse en mi frente y al mismo tiempo recorrer
mi cuerpo a caudalosos chorros, estaba totalmente perdida según mis
consideraciones, anhelando ya mi muerte y poner fin a mi trágico final, me quedé
inerte, de pie, sin fuerza alguna para intentar hacer el más mínimo de los movimientos.
Noté como mis mejillas se humedecieron, gracias a unas pocas lágrimas que
brotaron de mis cansados ojos. De la nada, estaba frente a mí esa inmunda
sombra, que había hecho de un día de fiesta, en la peor pesadilla que hubiese
podido recordar en todos mis treinta años de vida.
La sombra fue tomando forma, hasta el punto de
erguirse frente a mí el ser más horrible que jamás han visto mis ojos, su
cuerpo era tan deforme como su sombra lo indicaba, al mismo tiempo que su cara
evocaba mil maldiciones personificadas, su piel era de un tono y extraño verde
oscuro, como el de un pantano lleno de caimanes ennegrecidos por la muerte. Pude
detallar, que tenía unas largas uñas filosas, en lo que vendrían siendo
nuestras manos y pies, poseía una cola
de caimán muy larga y una especie de gorro forrado por su mismo cuero, hice una
observación un tanto estúpida para el momento, ya que aquel gorro, me recordaba al que llevan puestos los
duendes de jardín, sin olvidar sus puntiagudas orejas, también tenía grandes descamaciones por todas partes de su
inmundo cuerpo, alunas eran tan grandes, que parecían unas incurables yagas, sus ojos parecían un par de pelotas de billar,
en mi opinión, era lo que más resaltaba de sus más macabros atributos físicos, su postura era curvada, ya que era de gran
estatura y se le dificultaba mantener su espinazo demasiada recto, sus dientes,
parecían unos serruchos de carpintería. Divise todos estos detalles en un par
de minutos, pensando que las cosas no podían empeorar, cuando, sin mediar palabra,
hizo un gesto diabólico que se vio reflejado en su inmundo rostro, donde abrió su
bocota, dejando entrever su larga y asquerosa lengua, semejante a la de una
serpiente.
No soporté la idea de
verme intimidada, menos por aquel mismo hijo del demonio, por lo que después de
hacer mis acostumbradas reflexiones, me desmallé sin más. No estuve consciente
del tiempo que estuve tendida en el suelo, solo recuerdo que me levanté como si
mi cabeza hubiese sido reemplazada por una gigante pesa rusa.
Evocando lo ocurrido, verifiqué si mis
pertenencias estaban completas, ya que me aferré a la efímera idea de haber
sido víctima de un atraco y no más, efectivamente pude verificar que todo
estaba en orden, excepto por los raros recuerdos que aún permanecían en mi
memoria. Encendí la pantalla del celular, eran las tres y diez de la mañana, me
puse de pie tan pronto como pude y salí disparada lo más rápido que pude rumbo a
mi hogar, aún seguía conmocionada por todos estos extraños acontecimientos,
pero no quería seguir memorando esos inmundos y perturbados recuerdos.
Eran las tres y media de la mañana cuando
estaba a tan solo unas dos casas de llegar a mi residencia, sentía que la
pesadilla había concluido, bueno, al menos era lo que esperaba, estaba casi
segura, que ese monstruo, después de haberse presentado ante mí en su verdadera
forma, me dejaría en paz, sea que fuese lo que hubiera logrado con ello, pero
no, evidentemente no fue así.
Llegué a la puerta de la casa, saqué la llave,
la introduje en la cerradura y le di un par de vueltas, entré apresurada y tiré
la puerta, volví a girar la llave, pero del otro lado de la gran tabla
metálica, pasé el pasador y casi que, corriendo, fui a mi recamara, abrí la
puerta, entré y repetí el proceso que había realizado con la puerta principal.
Busqué el pijama, entré al
baño y me duché. eran casi las cuatro de la mañana cuando me tiré sobre mi
cama, quería descansar, pero todo esto fue interrumpido nuevamente, cuando escuché
que alguien con una ronca y desgarrada voz, gritaba mi nombre de una manera
desesperante. No quería acoplarme a la idea de que no tendría descanso alguno,
por lo que hice caso omiso a aquella trastornada voz, revolqué uno de los
cajones de la mesita que había al lado de mi cama para buscar los audífonos de
mi celular que había depositado allí antes de dirigirme a la susodicha reunión,
me coloqué los audífonos, los conecté al smartphone y coloqué una pista para
relajarme y poder dormir, le subí el máximo de volumen a mi celular, y así caí
abatida, quien sabe por cuantas horas.
Al despertar mi desconcierto
fue aterrador, más que cuando había visto a aquella abominación que tanto sabia
perturbar mi paz, calculé que eran alrededor de las cinco y media de la tarde,
ya que el sol comenzaba a palidecer. Me encontraba reclinada en la camilla de
un hospital con una bata blanca puesta encima, conectada a mil aparatos,
aterrada, dirigí mi mirada alrededor de aquel paraje, para mi sorpresa, mi
madre y una amiga estaban en un mueble viejo que había en aquel lugar, sentadas
conversado a un volumen casi imperceptible.
Mi madre, que no veía hace
más de año y medio, estaba allí, me sorprendí mucho, así que supuse que lo que
fuese que me mantuviese allí, tendría que haber sido demasiado grave, puesto
que para que ella viniese del otro lado del país solamente para verme, así, si
razón aparente, era algo cuestionable, así que no dude, alcé mi voz, noté que
salía casi apagada, entrecortada y titubeante,
pero, seguí balbuceando, hasta que al final pude hablar.
Pregunté a mis acompañantes de una manera muy
confusa, que apenas era entendible, donde me encontraba y que me había pasado
para estar en ese lugar, y que lo único que recordaba era haberme dormido en la
comodidad de mi cama con música encendida en su máximo volumen, a medida que
iba pronunciando cada palabra, la maquina conectada a mi corazón, subía muy
intensamente el pitido que emitía la señal de alerta, por un lado más positivo,
mi madre reflejaba en su rostro una
felicidad incontenible, se dirigió hasta a mí para calmarme, mientras le daba
instrucciones a mi amiga para que llamase una enfermera, mi amiga no dudo en
seguir sus órdenes, pero sin dejar de expresar la misma alegría que veía en el
rostro apacible de mi mamá.
Seguía sin entender muy
bien lo que pasaba, así que desesperadamente le pedí a mi querida madre, casi,
que como si de una orden se tratase, que me explicara qué era lo que ocurría,
sin omitir u olvidar un importante detalle, ella entre lágrimas se acercó a mí,
me enredó entre sus brazos y me relató con tierna voz lo que había ocurrido, empezó
de la siguiente manera:
-Hija, hace tres meses
atrás, recibí una de las más trágicas noticias que he tenido en mi vida, me llamó un detective
de la policía a eso de las tres de la mañana para informarme que mi única hija,
estaba gravemente herida en un hospital, que había sobrevivido por obra de un milagro, que las causas se estaban
estableciendo y que la poca información que tenían , era que ella había rodado escaleras abajo, quedando
inconsciente, luego de haberse golpeado de una manera casi mortal en el cráneo y
quedar en un estado de coma inmediato, después de que intentaba marcharse del
lugar en donde había estado compartiendo la noche con sus amigos y compañeros
de trabajo…;mientras mi madre relataba los hechos, mi cuerpo se estremecía, al
tiempo que una enfermera de una edad que
traspasaba la barrera de los cincuenta años, abría la puerta con unas
jeringuillas en mano, mi mirada se tornó inquieta y se posó sobre ella, me percaté que cuando
estaba frente al suero aplicando los medicamentos, en la pared a un costado suyo,
se alzaba la sombra de la maligna criatura
que me había acechado toda una madrugada, en lo que creí que era mi realidad, esa realidad que había rechazado con tanto fervor hasta
hace unos instantes, aferrándome a las cariñosas palabras de mi madre, intentando
borrar aquellos recuerdos que seguían muy frescos en mi memoria. La supuesta
enfermera, se percató de mi angustia, respondiendo con una mirada de reojo y haciendo
un gesto de malicia. Supe inmediatamente que nada de lo que había acontecido en
aquella madrugada, había sido un sueño u alucinaciones inducidas por los
fármacos, cosa que había empezado a creer, pero ahora estaba segura que todo
era tan real, y que el ser con aspecto de duende, piel y rasgos de un lagarto
putrefacto, anhelaba mi destrucción y que yo, por mi parte, seguía sin
entenderlo del todo.

Me encanta tu forma de escribir :)
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